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lunes, 18 de julio de 2016

La fiesta de cumpleaños.



Las notas musicales revoloteaban ahora, planeando por la percepción y la conciencia
o se hacían grandes y sugerentes al movimiento, siempre volando y seduciendo voluptuosamente.
Dentro del pecho y jugando con los oídos, en los pies y las caderas.
Se palpaban las ondas y se sentía su presencia, conectando el estomago directamente con aquellos seres vibrantes.
Podía fundirme con ellos y flotar y ondular y vibrar; Fuera del tiempo y lo cotidiano.
O cuando se volvían poco rítmicos, mas melodiosos, melosos que te rodeaban, de muchos tamaños y colores, siempre moviéndose juntos sin tocarse, como bandada de pájaros en el cielo.
En ese momento te elevas y vuelas con ellos, sin poder evitar el remolino que te arrastra.
Las emociones se suceden cuando tocan tu barriga, ellos mandan imponiendo su realidad y sintonizando tu percepción con ella.
El toque lisérgico magnificaba la experiencia y permitía conectar con aquellos duendes juguetones
alegres, tristes, melancólicos, plenos, felices, radiantes…
De pronto se cayeron todos, el Réquiem de Mozart había terminado.

Ya se marchaba todo el mundo a recorrer sus senderos, cuando sentí la imperiosa necesidad de andar por la playa, estar en contacto con la arena y escuchar el rumor del mar.
Me movía en una densidad elástica, comprendí porque el Universo se estiró en el mal llamado Bing Bang y sigue haciéndolo.
Esperé en un semáforo que el rojo destellante pasase a verde, me alegró su existencia, era bueno tener semáforos, los semáforos te asientan en el ahora inmediato.
Ya en la playa me quité los zapatos y me dirigí a la inquietante inmensidad del mar, soplaba suave brisa que mecía su superficie como lo harían los duendes de la música, que habían tomado vida durante el paso de un tren.
Recuerdo los pies hundiéndose en la arena para mas tarde darte cuenta del paso del tiempo, un tiempo gomoso y también elástico como una goma, la impresión que sentí al ser consciente que el agua borraba aquellas huellas, la inmediatez de la muerte se presentó a mi conciencia.
Me quede parado, morir es perder la conciencia, perder la percepción, dejar de ser.
Pero había tal cantidad estímulos que empujaron ese pensamiento y estado de animo, lo desplazaron
poco a poco, no era el momento, solo importaba eso, “el momento”.
Es posible que ese pensamiento lo generó mucho antes, la visión de un cielo nocturno con tan pocas estrellas, el recuerdo del cielo de otras épocas plagado de estrellas, con noches cerradas y paseos abiertos a la fantasía entre los pinos y la lluvia.
Nostalgia siento hoy por esa belleza velada que no pueden sentir los jóvenes, sin un mundo hermoso que darles, heredando siempre los mismos destinos.
También el ser mi cumpleaños pudo impresionar el sentimiento de la muerte.
Sera un gran acontecimiento sin duda. Apagarse o bien disolverse en la esencia de todo.
Tal vez fue el regalo de cumpleaños de la vida.